COP30: visibilidad indígena sin poder de decisión

La COP30 celebrada en Belém, Brasil, cerró entre contrastes. Por un lado, fue la cumbre con mayor presencia de pueblos indígenas y comunidades afrodescendientes; por otro, estos mismos actores quedaron fuera de las negociaciones clave que definirán el rumbo climático de los próximos años. Más de 3000 representantes llegaron desde distintas regiones amazónicas, muchos tras travesías de miles de kilómetros, para posicionar la defensa de sus territorios en el centro del debate. Sin embargo, su influencia real en las mesas de decisión fue mínima.

Entre la movilización y el desencanto

Las caravanas indígenas, incluidas flotillas que navegaron ríos amazónicos durante semanas, llevaron hasta Belém un mensaje claro: sin protección territorial ni abandono de megaproyectos fósiles, la región se acerca al punto de no retorno. Las protestas irrumpieron incluso en la zona azul —el área reservada a delegaciones oficiales—, pero ni así lograron un asiento en las negociaciones.

La cumbre reconoció, por primera vez, el consentimiento libre, previo e informado en el marco del programa de Transición Energética Justa. También incluyó referencias a derechos territoriales en el acuerdo político Mutirão. Pero especialistas coinciden en que se desaprovechó la oportunidad de integrar el conocimiento indígena en las discusiones de alto nivel. La expansión de combustibles fósiles y la falta de compromisos concretos para frenarla dejaron un sabor amargo entre los líderes amazónicos.

Para representantes kichwa de Ecuador, como Emil Gualinga y Nadino Calapucha, la falta de una ruta clara para abandonar los combustibles fósiles confirmó la distancia entre las promesas y la realidad. Aun así, estos espacios permitieron articular iniciativas propias, como el Fondo Wao Yasuní, que busca canalizar recursos directamente a comunidades que enfrentan presiones extractivas.

A nivel local, Brasil otorgó títulos de propiedad a 28 comunidades quilombolas durante la COP, una señal de reconocimiento largamente esperada. No obstante, la violencia en territorios indígenas continuó. En Mato Grosso do Sul, el líder guaraní y kaiowá Vicente Fernandes fue asesinado en plena cumbre, recordatorio de los riesgos que enfrentan quienes defienden sus tierras.

Hojas de ruta y desafíos pendientes

Dos propuestas marcaron la discusión: una hoja de ruta para abandonar progresivamente los combustibles fósiles —que quedó como mecanismo voluntario sin fuerza vinculante— y otra para frenar la deforestación. Esta última podría convertirse en una herramienta clave, siempre que los países la adopten fuera de la dinámica de negociación de la COP.

Brasil presentó también el Fondo Bosques Tropicales para Siempre, con la promesa de destinar 20 % de los recursos a los pueblos indígenas. Su viabilidad dependerá de sistemas sólidos de monitoreo y de evitar que inversionistas privados utilicen el esquema como plataforma de greenwashing. Organizaciones como WWF y Greenpeace advierten que sin reglas estrictas, el mecanismo podría terminar beneficiando a actores extractivos.

En paralelo, historias desde territorios quilombolas y pueblos amazónicos muestran que la conservación ocurre gracias a esfuerzos comunitarios, a menudo sin apoyo estatal. Para muchas de estas comunidades, la COP30 era la oportunidad de exponer sus aportes y buscar financiamiento que fortalezca sus proyectos. La falta de presencia en espacios de decisión mantiene esa búsqueda abierta.

La cumbre de Belém será recordada por la fuerza con la que los pueblos indígenas pusieron sus territorios en la conversación global. Pero también por las puertas que, una vez más, se les cerraron al momento de decidir el futuro climático.

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