El arte de no hacer nada: el aburrimiento también cuida tu salud mental y despierta la creatividad
En un mundo hiperconectado y dominado por el rendimiento constante, el aburrimiento ha sido injustamente relegado al rincón de las emociones negativas. Sin embargo, neurocientíficos coinciden en que aprender a estar sin hacer nada, y aceptar el vacío, no solo es saludable para el cerebro, sino necesario. En México, donde el estrés laboral, la sobrecarga de tareas y el uso excesivo de pantallas son parte del día a día, detenerse y permitirse un momento de ocio puede ser un acto de autocuidado.
Los estudios respaldan esta idea. Investigaciones recientes revelan que el aburrimiento es capaz de mejorar la productividad, fortalecer la salud mental, e incluso estimular la creatividad. Un ejemplo es el famoso experimento publicado en la revista Science, donde se pidió a participantes que pasaran 15 minutos en silencio sin hacer absolutamente nada. La única alternativa era presionar un botón que provocaba una leve descarga eléctrica. Increíblemente, casi la mitad de los voluntarios prefirió recibir una descarga antes que enfrentarse al vacío. Algunos lo hicieron más de 100 veces.
Este fenómeno evidencia que muchas personas no saben cómo manejar el tiempo sin estímulos. En lugar de aprovechar esos momentos como espacios de recuperación mental, los ocupamos en redes sociales, chats o tareas pequeñas, olvidando que el cerebro, como cualquier órgano, también necesita descansar.
Creatividad, descanso y salud mental
El cerebro humano trabaja todo el tiempo, incluso mientras dormimos. No solo procesa emociones y regula funciones vitales, también filtra lo que vivimos cada día. Pero ese proceso de limpieza y reorganización no ocurre únicamente al dormir: el aburrimiento también cumple una función similar. Al desconectarnos del flujo constante de información, el cerebro reorganiza ideas, permite que afloren soluciones y fomenta los llamados momentos de insight: esos destellos de claridad que muchas veces surgen cuando estamos duchándonos o simplemente mirando por la ventana.
La neurocientífica Alicia Walf, del Instituto Politécnico Rensselaer, lo resume así: cuando no estamos ocupados en tareas, el cerebro activa su red de modo por defecto, un sistema interno que se relaciona con la introspección, la imaginación y la planificación. Por eso, momentos que parecen vacíos pueden incubar nuevas ideas o ayudarnos a resolver problemas personales y laborales.
Una investigación publicada en Academy of Management Discoveries lo demuestra: personas expuestas a tareas aburridas (como clasificar frijoles por colores) generaron más y mejores excusas creativas en una actividad posterior, comparadas con quienes realizaron tareas más estimulantes. Lo aburrido, lejos de ser inútil, prepara el terreno para la inventiva.
La psicóloga británica Sandi Mann, autora de El arte de saber aburrirse, asegura que esta emoción tiene mala fama porque estamos acostumbrados a vivir saturados de estímulos. El aburrimiento, en realidad, es una señal del cerebro que nos empuja a buscar algo más significativo. También advierte que los niños necesitan aburrirse para desarrollar tolerancia a la frustración, planificación y resolución de problemas.
En este sentido, el instituto Child Mind de Estados Unidos señala que permitir que los menores se enfrenten al aburrimiento fortalece su autonomía emocional. Aprenden a entretenerse, a crear mundos imaginarios, a conocerse mejor. En lugar de llenar cada minuto con actividades o pantallas, lo más sano es dejarles espacio para que su mente vague sin dirección.
También en la vida adulta, el aburrimiento ofrece beneficios tangibles. La revista Scientific American ha publicado que los momentos de inactividad ayudan a recuperar atención, energía y motivación. El descanso mental no es lujo ni pérdida de tiempo, sino una necesidad biológica que previene el agotamiento. Como advierte el profesor Shahram Heshmat, de la Universidad de Illinois, vivimos en una era de sobrecarga informativa que agota nuestra capacidad de atención. Detenernos puede parecer improductivo, pero es justo lo contrario: fortalece la concentración, reduce el estrés y mejora la toma de decisiones.
Por eso, en lugar de temer al aburrimiento, deberíamos cultivarlo. En la tradición italiana, existe una expresión para eso: il dolce far niente, el placer de no hacer nada. No se trata de dormir, sino de desacelerar, respirar profundo y estar presente. Esa pausa puede ser una forma de reconectar con lo que verdaderamente importa, alejados del ruido digital y las urgencias cotidianas.
Aceptar el aburrimiento es una forma de autocuidado, un descanso necesario para la mente y un estímulo silencioso para la creatividad. En un México que enfrenta múltiples desafíos sociales, tecnológicos y emocionales, aprender a detenerse también es un acto de resistencia y bienestar.
