LA PARADOJA DE SALOMÓN: POR QUÉ SOMOS SABIOS CON LOS DEMÁS Y TORPES CON NOSOTROS MISMOS

Todos conocemos a alguien que da consejos impecables. Ve con claridad quirúrgica cuándo una pareja debe separarse, cuándo un jefe es tóxico o cuándo una inversión es mala. Pero cuando ese mismo consejero enfrenta su propia crisis, se paraliza, minimiza o toma la peor decisión posible.

Lejos de ser hipocresía o falta de inteligencia, la psicología le puso nombre en 2014: la Paradoja de Salomón.

El término fue acuñado por el psicólogo Igor Grossmann, de la Universidad de Waterloo, y Ethan Kross, de la Universidad de Michigan. Alude al Rey Salomón, recordado en la tradición como el sumun de la sabiduría para resolver conflictos ajenos y dictar sentencias salomónicas, pero incapaz de ordenar su propia vida personal marcada por excesos y decisiones imprudentes. 94c1

Qué demostró la ciencia

En tres experimentos con 693 participantes, publicados en la revista Psychological Science, Grossmann y Kross compararon cómo razonaba la gente frente a conflictos propios versus ajenos. df3e

La consigna era simple: a un grupo se le pedía imaginar que su pareja le era infiel; al otro, que la pareja de su mejor amigo le era infiel. Luego debían razonar sobre cómo evolucionaría esa relación.

Los resultados fueron consistentes: cuando el problema era de otro, las personas mostraban un razonamiento más sabio. Tenían mayor facilidad para reconocer los límites de su propio conocimiento, contemplar diferentes perspectivas, considerar que las cosas pueden cambiar con el tiempo y buscar compromisos entre las partes.

Cuando el problema era propio, esa claridad se nublaba. Las emociones, los intereses personales y las consecuencias directas interferían en el análisis.

Como lo resume el psicólogo de Wharton Adam Grant: «Cuando brindás un consejo estás viendo el problema a través de un telescopio, entonces ves el panorama general. En cambio, cuando tomamos una decisión para nuestra vida, tendemos a mirar el conflicto a través de un microscopio». 94c1

No es falta de conocimiento, es falta de distancia

La explicación no es cognitiva, sino emocional. Cuando el conflicto es propio, el sistema nervioso lo interpreta como una amenaza. La atención se contrae y el cerebro entra en modo reacción. Cuando es ajeno, no hay peligro percibido y la mente se expande.

Por eso la investigación encontró una solución sorprendentemente simple: el autodistanciamiento.

En los estudios 2 y 3, los investigadores pidieron a los participantes que analizaran su propio problema desde una perspectiva de tercera persona, como si se estuvieran aconsejando a sí mismos desde afuera. El efecto fue inmediato: la asimetría entre el «yo» y el «otro» desaparecía y el razonamiento se volvía más sabio, menos impulsivo y más coherente.

Ethan Kross, autor también del libro Chatter sobre diálogo interno, ha desarrollado desde entonces un «kit de herramientas» para lograr esa distancia: hablarse en tercera persona («¿por qué Martín se siente así?»), escritura expresiva de 15 minutos sin filtro, y lo que llama «apoyo invisible»: buscar consejo no para que te digan qué hacer, sino para ampliar el marco.

La paradoja nos deja una lección incómoda pero liberadora: no fallamos por falta de inteligencia. Fallamos por exceso de implicación. La sabiduría no siempre requiere más información, sino un cambio de punto de observación.

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