Jane Goodall y el día que un chimpancé cambió la historia de la ciencia
El 14 de julio de 1960, Jane Goodall llegó al Parque Nacional de Gombe, en lo que hoy es Tanzania, con una libreta, binoculares y el sueño infantil de vivir entre animales. Acompañada por su madre, se instaló en una pequeña choza a orillas del lago Tanganica. Tenía 26 años y ninguna formación universitaria formal, pero una capacidad extraordinaria para observar y comprender la naturaleza. Aquel viaje transformó su vida y revolucionó la forma en que la ciencia entiende a los animales.
Durante los primeros meses, los chimpancés del bosque la evitaban. Jane caminaba sola por las colinas, anotando rastros, oyendo cantos de aves y aprendiendo a esperar. Su madre le recordaba que el proceso, aunque lento, era valioso. La presión por obtener resultados crecía: el financiamiento del proyecto estaba por terminar. Fue entonces que uno de los chimpancés se acercó. Lo llamó David Greybeard, por su barba gris. Ese día, David tomó una ramita y la usó para sacar termitas del nido. La escena fue observada con claridad: no era instinto, era técnica. Aquello derrumbó una idea profundamente arraigada: que sólo los humanos fabricaban y utilizaban herramientas.
Goodall comunicó su hallazgo y recibió como respuesta un célebre mensaje del antropólogo Louis Leakey: “Debemos redefinir herramienta, redefinir hombre o aceptar que los chimpancés también lo son”. Esta observación forzó a la comunidad científica a cuestionar su visión del comportamiento animal, en una época marcada por una mirada patriarcal, jerárquica y distante. Jane, en cambio, le puso nombre a los chimpancés, los observó con empatía y reconoció que tenían emociones, relaciones sociales, cultura y duelo.
La científica británica no sólo documentó conductas como la caza, los celos, la compasión o la guerra entre clanes, también introdujo un método de observación basado en la cercanía y la sensibilidad. Fue una práctica revolucionaria, resistida por muchos, pero que con el tiempo se convirtió en un nuevo paradigma de la primatología. A través de sus ojos, los chimpancés dejaron de ser solo objeto de estudio y se transformaron en sujetos con agencia y afectos.
Una vida al servicio de la conservación y el cambio cultural
Goodall nació en Londres en 1934. De niña, soñaba con África mientras leía Tarzán y cuidaba a su perro Rusty. A los 23 años, se trasladó a Kenia, donde conoció a Leakey, quien le propuso estudiar a los chimpancés en libertad. Aunque carecía de estudios formales, su intuición y pasión por los animales la convirtieron en pionera. En 1977 fundó el Instituto Jane Goodall para la protección de los hábitats salvajes y en 1991 lanzó el programa Roots & Shoots, que hoy tiene presencia en más de 100 países, incluido México, donde jóvenes impulsan acciones de reforestación, reciclaje y defensa del bienestar animal.
Designada Mensajera de la Paz por la ONU, Jane ha recorrido el mundo denunciando el cambio climático, el tráfico ilegal de fauna y la destrucción de los ecosistemas. En cada charla transmite un mensaje claro: entender para cuidar, cuidar para tener esperanza. Su vida inspiró libros, documentales y generaciones enteras de científicos y activistas. En México y América Latina su legado es visible en el creciente interés por una ciencia más humana, vinculada a los territorios y a la protección de la biodiversidad.
A sus 90 años, Goodall sigue en gira, da conferencias virtuales y escribe libros. Lo hace sin pausa, con la misma convicción que la llevó al bosque hace más de seis décadas. Su encuentro con David Greybeard fue el inicio de una historia que aún no termina, una que sigue invitando a mirar a los animales no como lo otro, sino como parte de un mismo entramado de vida. Como ella dice: si entendemos, nos importará. Y si nos importa, actuaremos. Solo así habrá esperanza.
